Una reflexión sobre el ánimo y la confianza.
Jon Arrieta
Colegio de Vitoria
Al final de curso, antes de las evaluaciones me descubro pensando en cómo, a veces, todos podemos acabar mirando a los alumnos desde el cansancio. Escribo estas líneas para recordarme a mí mismo por qué estoy aquí.
Hay una expresión que a veces aparece en las conversaciones sobre nuestros alumnos. «No se lo merece».
Y cada vez que la escucho, o cada vez que siento algo parecido dentro de mí, me deja una pequeña sombra en el corazón.
Porque entonces miro la fotografía de ese alumno que tenemos delante. Doce años. Catorce años. Dieciséis años. Un ser humano todavía a medio hacer. Una casa en construcción. Un árbol en invierno.
Y me pregunto: ¿quién de nosotros mereció siempre la ayuda que recibió?
La palabra «merecer» pertenece a los tribunales. La palabra «ayudar» pertenece a las escuelas.
Cuando un médico recibe a un herido, no le pregunta primero si fue prudente o imprudente, si tomó buenas o malas decisiones. Ve una herida. Y se inclina sobre ella.
Nosotros también vivimos rodeados de heridas.
Algunas tienen forma de indiferencia.
Otras tienen forma de insolencia.
Otras tienen forma de pereza.
A veces confundimos la herida con la persona.
Pero no son lo mismo.
El adolescente que desafía no es su desafío.
El que fracasa no es su fracaso.
El que se pierde no es su extravío.
Detrás de cada conducta hay una historia que casi nunca conocemos. Un miedo. Una tristeza. Una soledad. Una batalla silenciosa.
Trabajamos en una edad de tormentas.
Los alumnos llegan cada mañana con el corazón lleno de ruido. El mundo les grita desde todas partes. Les exige ser brillantes, felices, bellos, rápidos. Y mientras tanto intentan responder a la pregunta más difícil de todas, quiénes son.
Nosotros estamos allí.
No para juzgar la tormenta.
Sino para mantener encendida una pequeña luz.
A veces pienso que enseñar consiste sobre todo en eso.
Sostener una lámpara.
Nada más.
Nada menos.
Una lámpara para quien estudia.
Y también para quien ha dejado de estudiar.
Una lámpara para quien avanza.
Y también para quien se ha quedado inmóvil.
Porque precisamente quien más se aleja de la orilla es quien más necesita ver la luz del faro.
Decir de un alumno que no merece ayuda es olvidar la naturaleza misma de nuestro oficio.
No somos jueces.
Los jueces llegan al final de una historia.
Nosotros llegamos al principio.
Trabajamos con lo inacabado.
Con lo frágil.
Con lo que todavía puede cambiar.
Y casi siempre cambia.
A veces años después.
A veces cuando ya no estamos para verlo.
La educación tiene algo de fe.
La fe humilde del jardinero que riega una tierra aparentemente estéril.
La fe de quien planta un árbol sabiendo que quizá nunca se sentará bajo su sombra.
La fe de quien mira a un joven y ve algo más que lo que aparece hoy ante sus ojos.
Por eso, cuando un alumno suspenda, quizá no deberíamos preguntarnos si se lo merece.
La pregunta es otra.
¿Quién va a creer en él mientras aprende a creer en sí mismo?
Porque eso, tal vez, es lo que significa ser profesor.
No administrar premios.
No repartir condenas.
Sino custodiar, durante un breve tramo del camino, la parte más vulnerable de una vida que está empezando.











