Jesús Gallego
jgallego@corazonistas.com
En algún momento, Gregorio Luri, ha afirmado que los resultados educativos se han salvado en España por una razón: el profesor, al cerrar la puerta del aula, era dueño y señor de lo que allí se hacía. En medio del galimatías legislativo, ideológico y educativo, el maestro (hablo de maestro y profesor indistintamente) salvaba los muebles en el aula. Creo que era cierto.
Ya no. Estamos perdiendo el aula. Siento no poder dar datos estadísticos que demuestren esta afirmación. Pero lo dice el profesorado al que se le caen las manos, lo dicen los padres, lo dice la huella educativa que está quedando en el alumnado, lo dice el alumnado, y lo susurran las estadísticas. Habrá quien diga “pues a mí no me pasa eso”. Se requiere levantar la vista y sacar la nariz del propio ombligo.
Al comenzar el curso, una alumna de 16 años me confesaba que en su vida había estado en un aula en el que se trabajara en silencio. Interpreto que además de silencio se refiere a un clima de respeto y calidez humana.
Hace tiempo que nos quitaron el discurso y el prestigio como maestros, nos rebajaron a funcionarios rasos y se erigieron los ministerios por encima de los magisterios. Se volvieron las tornas, los ministeriales se creen los dueños de la educación, cuando simplemente se les ha encargado la gestión del sistema educativo, el sujeto responsable de la educación con mayúsculas es la sociedad, la tribu… pero la tribu está entretenida en mil jaranas, todas ellas subvencionadas.
Tenemos la responsabilidad. Aunque hemos cedido. Nos hemos achicado en la queja, el lloriqueo y la protesta estéril. En lugar de elegir la proactividad hemos consentido ante multitud de cesiones que nos dejan impedidos y sin sentido. Las siguientes cesiones que comento, pueden ser leídas como soluciones si somos capaces de darles la vuelta personal y colectivamente. No trato de hacer solo un análisis, sino una relación de soluciones.
Hemos cedido la capacidad de decisión en los detalles más sorprendentes: horarios, duración de clases, metodologías, evaluaciones, disposición de las aulas, disciplina, formas de trato… nos viene todo dado por reglamentaciones, modas, exigencias externas y protocolos, muchos de ellos sin fundamentación educativa. Y nos hemos dejado. Nos ha parecido más cómodo no opinar, que nos lo den hecho…hemos dejado entrar extraños en el aula y nos han comido el espacio que nos pertenecía como especialistas que somos. Solución: revertir, especializarnos, simplificar, usar lo que funciona, desobedecer (a las administraciones), dejar de poner el acento en innovar y ponerlo en educar.
Hemos cedido ante la tecnología, con el pomposo nombre de la innovación y la digitalización. Hemos dado libre circulación a una propuesta tecnológica zafia, sin elaborar y sin pensar, creyendo que nos iba a quitar trabajo y nos ha quitado sentido y vinculación. Hemos centrado todo en lo extravagante, lo visual, lo espectacular y hemos desterrado las ideas, las palabras y el pensamiento. Hemos matado a los pensadores y nos dominan los investigadores y los tecnócratas. Nos hemos creído que las nuevas tecnologías no son ni buenas ni malas, que dependen del uso que se las dé. Y es mentira. Ahí está más de una voz que nos avisa y clama. Pongámoslas en su sitio, en el rincón pertinente. Usemos el pensamiento crítico: los maestros somos nosotros.
Hemos comprado el discurso disgregador de la persona: por un lado, cabeza, por otro lado, corazón y encima de la mesa, las entrañas. Y pretendemos que haya razonamiento sin cultivar la memoria; y que haya elaboración sin palabras; y pensamiento crítico con análisis trillados; e identidad personal con ideas prestadas; y ser sin saber; y saber sin hacer. Cuando nos descuidamos el alumnado nos muerde. Recuperemos la conciencia de que trabajamos con personas, enteras, con todas sus dimensiones, para darles anchura, profundidad y elevación a su ser, por el sagrado encargo y confianza de la sociedad, aunque la sociedad parezca que lo ha olvidado.
No nos hacemos entender por parte de las familias. Nos miran con ojos fiscalizadores, no confían en nosotros. No conseguimos sumar, ponernos del mismo lado y cada uno desde su sitio, su papel. Parecemos más la ventanilla de reclamaciones, quejas y devoluciones. Se han vuelto exigentes, prefieren un enfrentamiento con nosotros que con su realidad. Revisemos nuestro discurso, reclamemos nuestro papel de educadores, de mediadores, de participes en el fin común de la educación con todas nuestras posibilidades y limitaciones.
Hemos cedido la vocación, la vamos disimulando, no hay hueco para ella entre las prisas y las sospechas, entre los derechos laborales y los discursos dominantes. Y se nos nota. No llegamos, no convencemos. Hemos perdido la autoridad y la vinculación, le hemos quitado amor y convencimiento, le hemos quitado entrañas a la educación y nos hemos vuelto insignificantes. Hay más sentimiento en unos emoticonos que en nuestras miradas. Solución: hacer de las tripas corazón. Deshacernos de discursos que matan nuestro ser e ir a contracorriente. Fijos en la persona, en la relación. Poner corazón, confianza y compasión. Aunque no se pague. Querer.
Es posible, que incluso esta reflexión sobre, y simplemente debamos recogernos un poco y pensar y dejar sentir qué poso deja en nosotros nuestra dedicación. Cuánta fidelidad hay a nuestro ser, a nuestra intención primera. Después levantar la vista y pensar también en la huella educativa que deja nuestra acción en las personas y en el bien común.





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