Albert Villanueva
Colegio de Barcelona
Vivimos en un tiempo en el que la palabra verdad parece haber perdido fuerza. Nuestra cultura, marcada por la diversidad de opiniones y la rapidez del cambio —sin negar el valor de la pluralidad y el respeto a la diversidad—, corre el riesgo de caer en el relativismo: la idea de que nada es realmente bueno o malo, justo o injusto, sino que todo depende de la mirada subjetiva de cada uno. Este modo de pensar suele presentarse como tolerancia o apertura, pero puede esconder una falta de convicción ante lo que exige compromiso y coherencia.
Lo advertía el papa Francisco: “Este relativismo práctico es actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran, trabajar como si quienes no recibieron el anuncio no existieran” (Evangelii Gaudium, n.º 80).
Ante esta realidad, la escuela —y de manera especial la escuela cristiana— tiene una misión insustituible. Educar no es solo transmitir saberes técnicos o científicos; es formar personas libres, capaces de discernir el bien, buscar la justicia y construir una convivencia basada en la fraternidad.
Incorporar la educación moral en el aula implica ayudar a los jóvenes a pensar el sentido de sus acciones, a reconocer su responsabilidad hacia los demás y a descubrir que los valores no limitan, sino que orientan la libertad. No se trata de imponer dogmas, sino de mostrar que hay principios firmes —como la dignidad de la persona, la compasión y la solidaridad— que iluminan el camino incluso en medio de un mundo confuso.
En las escuelas corazonistas, esta tarea se enraíza en el amor del Corazón de Jesús, que une verdad y misericordia. Educar en moral es enseñar a amar de modo responsable: a decidir con rectitud, a actuar con justicia y a servir con alegría. Solo así nuestros jóvenes aprenderán que la verdadera libertad nace de una conciencia bien formada y se expresa en la alegría del Evangelio.










